Me importa todo un pimiento e internet antes era mejor
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| Tim Barners Lee. Padre de Intenet, en el CERN. Posiblemente en 1990. |
Los millennials romantizamos sin remedio el internet de los primeros años y dramatizamos sobre lo mucho que el ecosistema digital ha cambiado en apenas dos décadas. Sí, las redes sociales han absorbido el pensamiento, y han permitido que lo que debería ser un razonamiento sosegado se convierta en algo que nadie oye, nadie escucha y a nadie importa. Palabras, palabras y más palabras, eso es lo que hay en "X" (antes Twitter) y otras redes sociales: diálogos de sordos que se confunden con otros diálogos. Muchas cosas pasando al mismo tiempo: noticias, chistes, comentarios, fotos, influencers. Todo en el mismo sitio, al mismo tiempo, junto a publicidad y contenido generado por IA. Un caos, ruido y sinsentidos, a mi parecer. Una máquina de procrastinar sin fondo ni fin, que drena tu tiempo y fe en la humanidad.
Nada o poco hacemos para revertir la situación. Nos quejamos de la ausencia de conversación y reflexión, pero al mismo tiempo nos negamos a entregar cinco minutos de nuestro tiempo a la lectura sosegada. ¿Recuerdas cuando internet eran blogs? Gente escribiendo, volcando sus ideas, sin límites ni normas. Por eso me sorprendo a mí mismo y... ¡aquí estamos! En Blogger, en 2026. Han pasado ¿10?, ¿15? o quizás incluso 20 años. Antes epicentro de Internet y motor de ideas, ahora un órgano vestigial del pasado, inserto en un cuerpo que ha evolucionado hasta algo que apenas reconozco (para bien o para mal), pero en el que no me siento a gusto. Un cuerpo que antes era como el campo: libre. Pero que ahora tiene puertas, con dueño.
Entré en BlueSky huyendo de Musk, como muchos otros. Creyendo que una forma sana de comunicación era posible en un contexto de red social. Pero no, la conversación sigue monopolizada por los mismos rostros que, antes en Twitter, miraban altivos a la plebe y niegan la interacción a quien presenta una mínima oposición. Las mismas jerarquías y la dictadura de los chistosos y ocurrentes. La red está dominada por las frases ingeniosas, un humor bastante domesticado y lánguido si lo comparamos con los años buenos de Twitter.
Pasamos del blog al microblogging, y finalmente solo silencio. Internet es hoy una farsa. Apenas se parece a lo que sus creadores imaginaron. Es una lástima pensar en lo que era, pudo ser, y lo que finalmente ha sido.
Tengo claro que mi público es muy reducido, que mis ideas son de nicho, y que mis pensamientos pueden llegar a ser crípticos. No pretendo agradar a nadie. La cuestión es: si quiero expresarme, lo mínimo debería ser huir de los límites que imponen algunas redes sociales, ¿no crees? Puede que, quizás, los parámetros que imponen las redes sociales hayan atrofiado ligeramente nuestra capacidad para construir, leer y procesar un mensaje más allá de los 240 o los 300 caracteres. Puede que con algo más de espacio, sí que pueda expresar ideas complejas. Quizás retornar a este formato, y dejar de lado todo lo relacionado con el capital social (los seguidores, los likes, etc.) ayude a que la conversación sea más natural, tranquila, auténtica. Más "como antes": una mesa y cuatro sillas. No pido más. No estoy aquí para monetizar, ni para fidelizar audiencias, ni para satisfacer tus ansias de entretenimiento. No quiero hacer networking, ni personal branding. Mucho menos mindfulness o coaching. No soy influencer. Me da igual el like, el retweet, el share, el engagement y todo lo demás. Estoy aquí porque me da la soberana gana.
No sé si me quedaré en Blogger, o si emigraré hacia alguna otra plataforma de similares características. Apuesto por el software libre, pero no quiero perder el tiempo instalando cosas en servidores. Sea como sea, volver al pasado está suponiendo para mí un soplo de aire fresco, y la posibilidad de expresarme con plenitud, sin los límites de caracteres y los corsés algorítmicos.
Nunca deberíamos haber renunciado a la posibilidad de expresarnos sin límites y al tiempo para leer y entender al otro, a comunicarnos más allá de un simple titular.

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