Sobremesa postcapitalista

Duelo a garrotazos.
Francisco de Goya, 1820.


Cada vez con más frecuencia me enzarzo en discusiones sobre lo insostenible que resulta nuestro sistema económico. El asunto habitualmente se inicia comentando el precio de la vivienda, el aumento de los alquileres, la última subida de la gasolina o el precio de la electricidad.  Pero estos temas cotidianos quedan rápidamente superados en una escalada dialéctica donde se apilan asuntos de geopolítica, guerra, genocidios, Donald Trump o Putin y—sobre todo—, los límites del sistema económico y sus zarpas. 

Habitualmente adopto la irritante tarea de ejercer de abogado del diablo. Me limito a preguntar, como Sócrates, para evidenciar la contradicción de quienes participan en la conversación. Pero sobre todo, para demostrar que, como decía el filósofo griego, no sabemos nada.

Pongamos, por ejemplo, el asunto del mercado de alquiler en España, al que no por capricho se le llama "mercado". Este se regula por las normas del capitalismo más esencial, que como cualquier otro producto o servicio, está sometido a la lógica de la oferta y la demanda. La escasez de un bien eleva su precio, y la abundancia del mismo lo abarata. Ante una escalada insostenible del precio, fruto de una escasez sobrevenida, se impulsan políticas de límites al precio del alquiler. Sin embargo, esto no soluciona el problema de base, la escasez, ni tampoco disminuye la demanda. El problema, por lo tanto, sigue existiendo. Ahora, sin embargo, se ha creado un nuevo problema: ¿Quién debe ocupar esa vivienda? Hasta ahora, la asignación se hacía siguiendo una lógica de mercado: quien está dispuesto a pagar más, obtiene el contrato. 

No digo que el sistema actual sea justo, y admito que estoy simplificando el problema. Pero en ausencia de este mecanismo, es necesario introducir algún nuevo sistema de asignación de viviendas. ¿Cuál será este nuevo sistema? ¿Se trata de un sistema justo? ¿Qué consideramos como "justo"? ¿Puntúa más un inmigrante sin recursos o una familia monoparental con dos niños? ¿Quién tomará esa decisión? Son decisiones políticas complejas que arrastran la responsabilidad de un lado hacia el otro, creando nuevas aristas cortantes en el proceso.

Aunque es sumamente interesante, no vamos a entrar a discutir sobre cómo los suecos, los alemanes o los neerlandeses han resuelto este dilema. Porque la conversación nunca llega a este punto. Nadie tiene el conocimiento e interés suficiente para indagar en la cuestión. Por esto, suelo dirigir la discusión hacia el corazón del problema: ¿La vivienda debería ser un bien totalmente desregulado y de libre comercio, permitiendo con ello la especulación o la acumulación? ¿O, por el contrario, se trata de un bien lo suficientemente esencial como para que exista una política de protección? 

Elevando un poco más el tono, estas preguntas encarnan el eterno dilema y discusión sobre si el Estado debe o no intervenir sobre la economía. O, cómo a mi me gusta enfocarlo: hasta qué punto debemos permitir que el capitalismo colonice e imponga sus lógicas en todos y cada uno de los aspectos de nuestras vidas. 

Cambiar el sistema desde dentro no es posible

Uno de mis argumentos estrella, es el pesimismo. En estas conversaciones suelo conducir a mis interlocutores hacia un callejón sin salida en el que demuestro, mediante ejemplos y artimañas, que estamos condenados a ser devorados por el sistema capitalista. Pero, sobre todo, me gusta mostrar hasta qué punto el sistema está preparado para absorber cualquier disidencia que pretenda generar un cambio real que desarticule el estatu quo.

En nuestro entorno inmediato hay tres ejemplos muy claros de fracaso. El primero reside en los años de mandato de Ada Colau, quien llegó a la alcaldía de Barcelona el año 2015 con una batería de propuestas para resolver la crisis habitacional. Ella y su equipo proponían un modelo de ciudad "distinto". Recuerdo su lucha contra el Congreso Mundial de Telefonía Móvil, (el "Mobile World Congress"), y sus campañas defendiendo el acceso a una vivienda digna y asequible. Sin embargo, dejaría la alcaldía en 2023, con muchos aciertos en su gestión, pero también con grandes decepciones. No solo el problema de la vivienda quedó sin resolver, sino que la ciudad afronta en 2026 una crisis habitacional todavía mucho mayor, y ha cronificado otros asuntos de índole social. Por supuesto, el Mobile World Congress todavía existe.

Otro ejemplo en nuestra historia reciente es el movimiento "15M". En el año 2011, frente a una situación económica y política muy compleja, el hartazgo y hastío de una parte de la sociedad (especialmente los jóvenes) se manifestó a través de acampadas en las plazas de las principales ciudades de España. De aquellas manifestaciones nacen distintas asambleas y grupos organizados que acabarán conformando partidos políticos como Podemos. Finalmente, el partido pasaría a formar parte del sistema político español y quedaría institucionalizado, siendo absorbido por el sistema. Si bien es cierto que Podemos y otros partidos afines han logrado mejoras sociales, esto se ha hecho a costa de pacificar su discurso antisistema, muchas renuncias y asumir que la asimilación era un proceso sin remedio.

Finalmente, en el contexto político de Catalunya la CUP se erige como un partido con la aparente voluntad de cambiar el sistema: "La CUP es una organización nítidamente socialista y tiene el objetivo de sustituir el modelo socioeconómico capitalista por uno nuevo.", dicen en su página web. Sin embargo, el partido existe (según dicen en la web) desde 1988 bajo distintas formulaciones y, desde su nacimiento, no ha generado ningún cambio sistémico real. 

El asunto aquí, en el fondo, no es el fracaso de las distintas iniciativas políticas, sino observar los mecanismos que el sistema tiene para amortiguar, canalizar y finalmente absorber la disidencia. Se trata de un proceso de disolución de estos proyectos políticos para asegurar que no se produce ningún cambio real.  Todo está previsto. Incluso cuando estos mecanismos "blandos" de protección del sistema fallan, y parece que alguna de estas propuestas políticas puede prosperar lo suficiente como para provocar un cambio real, se activan otros mecanismos: presión económica, crisis en los mercados, desconfianza, prima de riesgo, o violencia y juego sucio, judicialización, investigaciones parapoliciales y todo tipo de mecanismos de vigilancia, control y eliminación. Para observar todo esto, basta un análisis frío del proceso independentista catalán. 

No hay alternativa real

Recupero el caso de la CUP porque, a mi parecer, es un partido político que se posiciona como alternativa de sistema. Es decir: más allá de ser una opción política y de voto, buscan un cambio radical en el orden social y las lógicas económicas. 

"La CUP es una organización nítidamente socialista y tiene el objetivo de sustituir el modelo socioeconómico capitalista por uno nuevo, centrado en los colectivos humanos y el respeto al medio ambiente. Trabaja para dibujar un modelo económico y territorial para los Països Catalans (Países Catalanes) al servicio de la clase trabajadora, opuesto al de la patronal y el Estado, así como para volver a tener espacios de encuentro de la unidad popular para construir conjuntamente alternativas arraigadas y territorializadas." (extraído del sitio web de la CUP: https://cup.cat/que-es-la-cup/#que-es).

El párrafo, extraído de su sitio web, es toda una declaración de intenciones, y uno puede estar más o menos de acuerdo con ella, pero dicha propuesta no se materializa en nada concreto. ¿Cuál es la alternativa que proponen? ¿Por qué se oponen al Estado? ¿Qué significa socialismo? ¿Qué significa para ellos la redistribución de la riqueza? ¿Cómo será posible tal redistribución si se acaba con el sistema ecońomico actual? Duele la falta de concreción con la que algunos partidos políticos expresan su disidencia. Pero lo que realmente es impactante, es observar cómo estos mismos partidos han decidido formar parte del sistema y, de un modo incluso naif quieren cambiarlo desde dentro. Al ritmo que la CUP y otros partidos logran impulsar sus política de cambio, incluso aceptando que cada año logren pequeños cambios reales, lograr un cambio tan radical como el propuesto en su declaración de intenciones llevaría siglos.

Mientras tanto el sistema económico sigue adelante, las reglas del juego internacional se mueven hacia la ausencia de límites y la eliminación de los corsés de posguerra. Los grandes países, antes socios fiables, ahora son depredadores. Regresamos a un escenario casi colonial. La desregulación neoliberal avanza, y el mundo parece cada día un poco más miserable, a pesar de que menos gente pasa hambre. 

No hay posibilidad de cambio mientras se actúe desde dentro, solo queda la asimilación. Lo curioso es que mi posición—tachada a menudo de cínica y pesimista—termina siendo la más radical de la mesa: abogo por una acción real contra el sistema, alejarnos de las distracciones: romper el tablero. Y es ahí donde la conversación muere. Porque, al final, lo más aterrador para mis interlocutores no es que el sistema sea insostenible, sino descubrir que nadie, absolutamente nadie, sabe ya cómo pensar fuera de él.

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