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| Newton N. Minow, 1961. Todos los créditos y derechos para Associated Press. |
Durante sus primeros años de vida, el contenido publicado de las redes sociales como Facebook o Twitter, y en las plataformas como YouTube, se mostraba a los usuarios de forma cronológica. Es decir, por orden de publicación. Esta forma de mostrar el contenido, si bien es coherente, impone un límite: los contenidos a consumir y el tiempo que pasas en la red social son finitos. Además, otorgan el mismo peso al contenido relevante y el irrelevante: lo más reciente se impone, aunque sea menos interesante. Durante sus primeros años de vida, era habitual alcanzar un punto en el que ya no existía más contenido nuevo por ver, y el usuario sencillamente se marchaba a hacer otras cosas.
Con la llegada de los sistemas de monetización basados en la inserción publicitaria, todas las plataformas y redes sociales impulsaron un proceso de cambio hacia formas de visibilidad fundamentadas en mecanismos algorítmicos. Se instauran nuevas formas de ordenar el contenido, priorizando lo que es relevante.
Vemos lo que la plataforma quiere, y el orden de los contenidos no es cronológico, sino que está diseñado para aumentar la retención del usuario. A mayor retención, mayores ingresos.
El máximo exponente de esto es Facebook. Originalmente, el muro de Facebook mostraba los contenidos de nuestros amigos siguiendo una lógica cronológica: los contenidos nuevos desplazan a los antiguos, y así sucesivamente. Pero ahora, Facebook tiene en cuenta otros muchos factores para decidir qué contenidos se van a mostrar primero. Uno de ellos, por ejemplo, es el grado de interacción. Si interactúas (das like, comentas, o sencillamente lees) con noticias relacionadas con el PSOE, cuando existan nuevos contenidos relacionados con el PSOE, estos se mostrarán primero, desplazando otros contenidos a posiciones de menor visibilidad.
Estos mecanismos generan algunas "externalidades negativas" (efectos nocivos o negativos), que han sido ampliamente estudiadas en el ámbito académico, y se traducen en dos teorías que son vitales para comprender la influencia que ejercen las redes sociales sobre la opinión pública: la teoría de las "cámaras de eco" y la de "los filtros burbuja".
¿Qué es una cámara de eco?
La teoría dice que la cámara de eco se produce cuando las informaciones, ideas o creencias publicadas en redes sociales son amplificadas por la sucesiva transmisión y repetición, y las visiones divergentes, contrarias o competidoras son censuradas, prohibidas o simplemente no logran penetrar en la conversación. Se trata de un fenómeno social y humano, donde los argumentos son seleccionados y procesados para posteriormente ser compartidos, siempre con un mismo signo político o sesgo ideológico.
Por ejemplo, en Facebook o Twitter (ahora X) este fenómeno es algo inherente a la propia idiosincrasia de "la red" de contactos formada por los usuarios. Me explico: los usuarios suelen tender vínculos de amistad y relaciones con otros usuarios a los que conocen (familia, amigos, colegas de trabajo, etc.), o con los que guardan afinidades (políticas, religiosas, aficiones, etc.). En pocas ocasiones se establecen vínculos entre usuarios que no se conocen, o con los que no existe afinidad alguna. En definitiva, la red social acaba siendo un reflejo de nuestra red social “offline”, en la que, por supuesto, también establecemos lazos con personas afines. La conversación que mantenemos en estos entornos, por lo tanto, siempre tendrá un determinado sesgo.
Dicho esto, y teniendo en cuenta las personas con las que nos relacionamos, es difícil que en nuestro muro contenidos aparezcan ideas contrarias a nuestra ideología o forma de entender el mundo. Al mismo tiempo, la red social es, de algún modo, una habitación donde la información rebota y se amplifica. Existen mecanismos, como el botón de "compartir", que ayudan a esto. En muy pocas ocasiones veremos contenidos que chocan de frente con nuestra forma de entender el mundo. La ausencia de oposición, versiones alternativas o interpretaciones diferentes, aumenta la distorsión: debido a la inexistencia de actores contrarios que aporten visiones alternativas y la imposibilidad de contrastar fuentes... se refuerzan posibles errores de interpretación.
En resumen, la cámara de eco es una metáfora para referirse a un entorno de interacción social que ha sido diseñado para ser "cerrado", donde los usuarios viven aislados en burbujas ideológicas, haciendo circular argumentos, ideas, noticias y cualquier otra información con un potente sesgo. Esta cámara de eco acaba siendo una máquina de generar sesgos de confirmación y refuerza ideas preexistentes.
¿Qué es el "Filtro Burbuja"?
Este fenómeno es fruto de los procesos realizados por los algoritmos que las redes sociales y las plataformas aplican para determinar la visibilidad de los contenidos y su orden de aparición. Es decir: tiene su origen en un elemento técnico (un algoritmo). Se produce cuando la plataforma, mediante una cascada de algoritmos, selecciona el contenido que el usuario va a visualizar a partir de predicciones basadas en su información (localización, historial de búsquedas, interacciones pasadas, etc.). Debido a este “filtro previo”, se produce inevitablemente un efecto de "descarte": una ocultación de ciertos contenidos que la plataforma decide no mostrar. De este modo, el sistema tiende a ofrecer contenidos afines al usuario sin que este sea consciente del proceso. Al operar bajo esta capa de filtrado, el individuo pierde el acceso a puntos de vista alternativos y queda encerrado en un sesgo informativo invisible.
El peligro de los filtros burbuja reside, por un lado, en la opacidad de estos mecanismos: el usuario no percibe que está observando una realidad fragmentada. Por otro lado, el auténtico riesgo es el aislacionismo intelectual al que se somete inconscientemente al sujeto. Este peligro se ha vuelto crítico con la proliferación de las “fake news”, que han evidenciado la vulnerabilidad de los usuarios cuando se exponen a desinformación dentro de un sistema cerrado que bloquea la entrada de nuevas ideas o emisores independientes.
¿Realmente existen las "cámaras de eco" y los "filtros burbuja"?
Ambas teorías, que han sido ampliamente estudiadas y descritas desde instancias académicas pero aún carecen de respaldo científico empírico, tienen un fuerte talón de Aquiles: solo son posibles si el individuo vive totalmente aislado. En el mundo real, las personas salen a la calle, interactúan con desconocidos y se exponen a múltiples medios de comunicación. Esto significa que, en la práctica, aunque formemos parte de comunidades de usuarios cerradas en Twitter o Facebook, o aunque YouTube (y cualquier otra plataforma) esté aplicando un potente filtrado de contenidos, tarde o temprano el individuo se verá expuesto a información que contradice sus creencias. Las cámaras de eco y los filtros burbuja solo funcionan en un entorno aséptico de laboratorio, en condiciones de aislamiento total. Algo que, sin ser imposible en determinados contextos, resulta residual y anecdótico e impide que la teoría tenga realmente impacto generalizado.
Cuando algunos individuos ignoran ciertas partes de la realidad compartida o, sencillamente, viven aislados desde un punto de vista ideológico o intelectual, debemos buscar la raíz del problema más allá de las redes sociales. Quizás estamos frente a una baja alfabetización mediática, un acceso limitado a medios de comunicación, ausencia de pluralidad en las fuentes, falta de democracia y libertad de información, o un aislacionismo voluntario. En condiciones normales, los individuos no ven restringida su libertad para informarse y consultar fuentes alternativas, por lo que resulta difícil sostener la existencia de cámaras de eco o filtros burbuja.
Sobre la radicalización y polarización social
Muy a menudo se culpa a las cámaras de eco y los filtros burbuja del actual escenario de crispación, enfrentamiento, polarización y radicalización política. Esta creencia se sustenta sobre la idea de que las distintas realidades paralelas, o "burbujas", acrecentadas por las redes sociales y plataformas, chocan o se enfrentan. Pero pensemos un momento: ¿existe realmente el escenario de polarización política y crispación sobre el que se asientan ambas teorías?
Soy escéptico. Por alguna razón se ha instaurado y asentado la idea de que actualmente el mundo vive en un escenario de radicalidad política, polaridad ideológica y crispación social. Sin embargo, deberíamos preguntarnos si el clima de enfrentamiento y hostilidad de hoy (2026) es realmente mayor al de hace 10, 50 o 100 años. ¿Podemos afirmar que la sociedad actual está más fracturada que en los años previos a la Primera o la Segunda Guerra Mundial? Resulta difícil sostener que el choque ideológico actual sea más problemático que el clima de violencia política previo a la Guerra Civil española.
Visto desde esta perspectiva, y aun reconociendo que existe tensión, podemos afirmar que hoy somos mucho más pacíficos, sin duda alguna. Para mí, resulta complejo o difícil de sostener que nuestra sociedad está más enfrentada y polarizada de lo que lo ha estado en etapas previas. Afirmar lo contrario, afea el trabajo de los historiadores. Incluso podemos discutir si el enfrentamiento político más o menos violento es una constante en las relaciones entre individuos y naciones.
Las redes sociales y las plataformas tienen enormes efectos negativos sobre los seres humanos: adormecen el intelecto, absorben el tiempo de ocio, destruyen la creatividad, nos hacen más pasivos y dirigen nuestra atención hacia formas de entretenimiento de muy baja calidad. Eliminan las barreras entre lo público y lo privado, diluyen al individuo y sus peculiaridades, y extienden el acoso y el abuso hasta lo más íntimo. Todas estas ramificaciones están hoy bajo estudio y van ligadas a una fuerte crítica y rechazo social hacia el propio medio: el teléfono móvil.
Las redes sociales como chivo expiatorio
En mi opinión, las redes sociales quizás también han sido el chivo expiatorio: una forma de exculpar la responsabilidad en la bajeza moral y ética, la escasa calidad democrática y la ausencia de preparación de nuestros representantes políticos, pero también de nosotros mismos. Es, en definitiva, una forma de culpar a la tecnología para trasladar la responsabilidad de la degradación social e intelectual, del mismo modo que se hizo cuando apareció la televisión comercial. Newton Minow, presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones de los Estados Unidos, retó en 1961 a los dueños de las cadenas de televisión con estas palabras:
"Cuando la televisión es buena, nada es mejor: ni el teatro, ni las revistas ni los periódicos. Pero cuando la televisión es mala, nada es peor. Los invito a sentarse frente a su televisor cuando su emisora comience a transmitir y quedarse allí durante todo el día. Sin un libro, revista, periódico, hoja de ganancias o comunicación de la oficina para interrumpirlos, y mantener sus ojos pegados a esa pantalla hasta que la emisora cierre la emisión. Les puedo asegurar que se encontrarán con un vasto páramo".
Newton Minow, 1961.
Tenemos más ejemplos: entre 1929 y 1933 se publicaron los "Payne Fund Studies", un conjunto de estudios científicos dirigidos a demostrar que las películas de cine causaba problemas de sueño, nerviosismo y conductas criminales en los niños. Si vamos más atrás, encontramos críticas a la radio, un medio que impide la participación del oyente, que genera ruido e interrumpe el silencio necesario para la reflexión intelectual. Y, si retrocedemos todavía más, veremos críticas a la novela romántica, la literatura de ficción y a los cuentos caballerescos... Cada nuevo medio y formato trae consigo una nueva oleada de críticas.
El verdadero peligro no es la cámara de eco o el filtro burbuja. Tampoco es el medio, ya sea este la televisión, la radio o el teléfono móvil... sino nuestra fragilidad intelectual por falta de uso y pereza. Cada innovación nos acomoda un poco más, sustituyendo nuestra capacidad de pensamiento, de elección o reflexión. Nos guste o no, nuestro cerebro es perezoso, y es mucho más cómodo dejar en manos de la tecnología ciertos procesos intelectuales, aunque esto conduzca a acrecentar nuestra mediocridad. Es preferible culpar a la tecnología de nuestra degradación que admitir que hemos atrofiado nuestra capacidad crítica y afrontar las soluciones.
Puedo ejemplificar mis palabras analizando el uso de la Inteligencia Artificial, que, siendo una poderosa herramienta para ampliar nuestro conocimiento y acceder a nuevas ideas, está siendo usada por un amplio espectro de la sociedad como una forma de derivar el trabajo intelectual hacia las máquinas. La parte buena del proceso intelectual—pensar, construir, reflexionar y escribir—es al mismo tiempo la que está siendo delegada, destruyendo con esto nuestra capacidad intelectual.
En conclusión, el auténtico debate sobre la mesa es el de cómo ordenar y priorizar la información que recibimos. Los algoritmos de las redes sociales y las plataformas, del mismo modo que la inteligencia artificial, son mecanismos que seleccionan, ordenan y priorizan la información para nosotros. Delegar este ejercicio intelectual a escala masiva y continuada limita nuestra capacidad intelectual, nuestra comprensión del mundo y nuestra capacidad crítica y analítica. Si otros eligen por nosotros qué es relevante, no desarrollamos autonomía en esta tarea, quedando lentamente incapacitados.
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